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domingo, 21 de octubre de 2007

En cartelera: El orfanato



La curiosidad, llamémosla periodística por adjetivarla de algo, me llevó este viernes a acercarme a ver El orfanato, de J.A. Bayona, no obstante será la película que nos represente este año camino de los Oscars. Pero tengo que decir que, siendo especialmente exigente con el tema terrorífico como soy, desde luego no acabó siendo precisamente santo de mi devoción.


No es en absoluto una mala película y me jugaría la nalga izquierda a que es la mejor de las tres que fueron preseleccionadas por la Academia pero, horror, Bayona en su salto al largo ha resultado ser el Amenábar de Amenábar. Como el director de Los otros en casi todas sus películas -salvamos la semi-amateur Tesis-, Bayona demuestra en su dirección una tendencia por el exceso narrativo y por el subrayado de su habilidad como artesano que hace que uno le acabe prestando más atención al montaje y a los movimientos de cámara que a la historia que pretende contar. Parece darse a entender que el espectador tiene la obligación de asumir el terror como un género que vive de lo multimedia en el más literal de los sentidos -lo que se ve y lo que se oye- y corre el riesgo de que la historia se convierta en excusa para provocar sentimientos o, si se quiere simplificar al máximo, manipular al espectador. Como cuando uno comparaba los usos y costumbres de Los otros con los de la mítica Suspense, de Jack Clayton, protagonizada por la recientemente fallecida Deborah Kerr, así le ocurre a El internado, sólo que su referencia estilística resulta ser el propio Amenábar y no sólo con Los otros sino, en ciertos aspectos, incluso con lo peor de Mar adentro.


Por otro lado, Bayona parece vivir un complejo de alumno aventajado y se pasa la película haciéndole guiños a su mentor, Guillermo del Toro, casi como preguntándole "¿te gusta cómo lo hago?". No sólo el argumento tiene un exagerado parecido con El espinazo del diablo -en la de Del Toro un chavalín que llegaba a un orfanato al acabar la Guerra Civil entablaba contacto con antiguos moradores mientras que, en este caso, es el hijo de una antigua residente que pretende reformarlo el que empieza a conocer "amigos imaginarios"- sino que la película está llena de 'gags' dedicados al "gordo" mexicano y superpuestos como retales, que llegan a lo ridículo en un momento de gratuito -y excesivamente oportuno- 'gore'. Si uno no supiese de dónde viene la película, podría pensar que es una historia que el propio Del Toro hubiera rodado para salir de un apuro. En este batiburrillo de "artes" cinematográficas que, por desgracia, es lo mejor de la película, llega incluso a permitirse el lujo de plagiar/homenajear Poltergeist con la innecesaria presencia de Geraldine Chaplin o de montar un final-compendio a base de 'flashbacks' como si de M. Night Shyamalan se tratara. Todo por si acaso el espectador es demasiado imbécil para que su vello se ponga de punta por sus propios medios. Eso sí, para los tensos que crean que tanta referencia pueda estropear el final de la película aclaro: no, por suerte ninguno de los protagonistas está muerto sin saberlo.


Dejando a un lado todo este tinglado que resume a la perfección esta reseña de FilmAffinity y el lamentable epílogo que prosigue al final 'real', lo dicho, técnicamente es más que notable aún con algún subrayado innecesario de la banda sonora, tiene su buena ración de miedo y suspense y el reparto está todo lo correcto que se le puede pedir. Caso aparte es Belén Rueda que no deja de dar la impresión de que, haga lo que haga -incluso en su vida real- resulta tan natural como Letizia Ortiz leyendo un discurso institucional. Se podría decir de una manera poética que sigue conservando la credibilidad de la teleserie española, es decir, escasa. Pero más allá de filias y fobias personales es cierto que es un ejercicio interesante de poner al terror español en el 'mainstream' (err, espera, ¿eso no lo hacía ya Balagueró?) y que, a lo mejor, siguiendo la teoría de cadena de favores que ha pactado con Del Toro, esta pieza de "Bricomanía" cinematográfica acabe resultando en 3 ó 4 temporadas en el descubrimiento de un director español que haga una película realmente libre de ataduras, a la que no se pueda ridiculizar citando sus referentes y que cree un estilo personal como locos orientales del tipo de Miike o Park Chan-wook han demostrado que es posible. Es lo que tiene soñar, que es gratis.

domingo, 7 de octubre de 2007

En cartelera: Eastern promises



Después de dar tanto la murga con Cronenberg, por fin fui a ver Eastern promises y tengo que decir que me gustó bastante pero con muchas objeciones.


Es difícil hablar de la película porque, como es habitual en el cine de Cronenberg, la relación causa-efecto es permanente en su narrativa. Ni lo posterior se entiende sin lo anterior, ni lo anterior sin lo posterior. Con lo cual volvemos a que el canadiense es carne de retrospectiva y para hablar de su trabajos es casi mejor hacerlo 'a posteriori' con el conocimiento del interlocutor en plan "¡Qué grande es el Cine!" e, incluso, con un análisis comparado con el resto de su filmografía. Pero, al igual que en su anterior Una historia de violencia y en casi todas sus películas, la premisa de partida es bien sencilla. Una enfermera (Naomi Watts) atiende a una adolescente embarazada que muere durante el parto, quedándose al cuidado de la niña recién nacida y de un diario escrito en ruso que intenta que le sea traducido para encontrar a la posible familia del bebé. Siendo de origen ruso, además de a su familia, enseguida recurre a un miembro destacable de la comunidad (Armin Mueller-Stahl), dueño de un restaurante cuya tarjeta encuentra en el diario, para que le ayude con la traducción, chocando en el camino con los responsables de manejar sus no tan limpios asuntos, su hijo (Vincent Cassel) y su “chófer” (Viggo Mortensen).


La historia es un nuevo análisis de esa geografía del ser humano que compendia su obra. Al igual que en sus anteriores trabajos, Una historia de violencia y Spider, el entorno físico de los personajes aparece retratado al detalle en un Londres sórdido de callejones y alcantarillas, pero lo que realmente le interesa a Cronenberg es utilizar ese paisaje como reflejo de la turbidez moral y de los submundos que coexisten tanto en una gran ciudad como en una misma persona. La sociedad, que parece jerarquizada en un mundo de "buenos" y "malos", de personas "normales" como dice el personaje de Mortensen y de "los otros", en el fondo es una ficción como quedará bien de manifiesto en el final de la película. Lo curioso es que, más allá de eso y dentro de todo el esteticismo del mundo Cronenberg, la película es un cuento clásico al estilo de Dickens en el que sus personajes, como si del Génesis se tratara, intentan separar la luz de la sombra -ya cada uno decidirá de qué lado se queda, si es que puede elegir- y cumplir con la justicia poética merecida. En ese sentido, el guión está lleno de quiebros y sorpresas que no conviene desvelar para no acabar con el factor sorpresa.


Los personajes, por tanto, se convierten en pieza clave para sustentar la narración en la medida en que, en una metáfora muy Cronenberg, la película está dentro de ellos. Un director bastante acostumbrado a repartos de perfiles comunes pero de composición muy dispar, parece haber encontrado su musa en Viggo Mortensen y es, de hecho, de lo mejor de la película. Lejos queda aquel Aragorn de El Señor de los Anillos al que le van eclipsando estos personajes ambiguos, de oscuro pasado y sombría conciencia, aquel Tom Stall de Una historia de violencia huyendo de una realidad que le persigue y este Nikolai asumiendo el papel de peón en un intrincado juego de jerarquías y fidelidades que se irá descubriendo cada vez más complejo de lo que parecía. Y si el personaje de Mortensen está aparentemente abajo, el de Mueller-Stahl está arriba. Semyon es el taimado patriarca que hace que todo gire a su voluntad y que hará cualquier cosa por lograrlo. De esos personajes que al actor alemán le van como un guante, con ese aspecto de anciano agradable, pero con unos ojos verdes tan acogedores como un glaciar. Si el demonio tuviera rostro no sería muy diferente. Y siguiendo la mitología miltoniana no hace falta decir quién es el ángel de la película, una más rubia que nunca Naomi Watts. Aunque el de Mortensen acabará siendo indudablemente el personaje protagónico, es el de la británica, menos aspirante a portadas y titulares de lo habitual, el que conduce el hilo argumental con sus pesquisas y su afán por encontrarle un hogar a la pequeña. Cabría destacar en un curioso guiño de la película la presencia de Jerzy Skolimowski, vieja gloria del cine polaco y compañero de quinta de Polanski, en realidad mucho más alabado en su momento que el director de La semilla del diablo, del que se llega a decir en la película "es de la vieja escuela". Pequeño homenaje a un director y guionista que también gustaba de analizar las tripas del ser humano.


Detrás de las cámaras, Cronenberg vuelve a demostrar su habilidad para manejar las historias como si de barro se tratara, hacer que tomen forma de tal manera que parezcan rodadas en orden cronológico y llegar a obtener un producto que sea tan suyo y, a la vez, tan diferente de otros trabajos -a destacar la apertura de la película y la enorme secuencia de los baños turcos-. Una nominación a mejor director en los Oscars sería mucho aspirar, sobre todo teniendo en cuenta que ya se quedó fuera con Una historia de violencia -todo hay que decirlo, aquel año no fue este-, pero no es descartable a día de hoy. Tampoco se queda atrás el espectacular trabajo de fotografía de su habitual Peter Suschitzky, que se diera a conocer con el Rocky Horror Picture Show y que crea una estética siniestra muy de Edward Hopper como hiciera Conrad L. Hall en aquella gran Road to Perdition. También cabe destacar el trabajo de Howard Shore con la banda sonora -otro marcado por el éxito de El Señor de los Anillos-, que evoluciona con la película y define el tono de inquietud y amenaza omnipresente en la pantalla.


Sin embargo, Eastern promises tiene dos problemas muy graves que, en numerosas ocasiones están a punto de hundir toda la película como ente cinematográfico. El primero es la insufrible voz 'en off' de la madre fallecida del bebé, 'MacGuffin' del relato, que desde el momento de su muerte debería haberse convertido en un personaje elíptico y no en uno con más líneas de diálogo-monólogo que algunos de los protagonistas “físicos”. Es muy difícil apreciar una buena historia cuando la mitad de los interludios están protagonizados por una voz llorosa de muy prefabricado acento ruso -desconozco la entonación de la comunidad rusa londinense pero, desde luego, los diálogos suenan a cartón en la versión original- y cuyo argumento cae en las obviedades maniqueas que también lastraban aquella Dirty pretty things de Stephen Frears de cuyo guión también era responsable Steven Knight. El otro es el personaje homoerótico de Vincent Cassel, al que le es imposible dejar de ser monocromático en un mundo lleno de tonos de gris. Está claro que el personaje de Mortensen necesita un contrapunto, un personaje amoral que rehúya la lucha y sólo sobreviva por estar en el escalafón social correcto, pero es tan terriblemente plano y Cassel tan obvio demostrándolo que sólo se salva porque en casi la totalidad de las escenas aparecen juntos.


No sé si será que, entre unas cosas y otras, el referente de la genial Una historia de violencia sigue demasiado cercano o porque realmente estos fallos tan impropios de Cronenberg me han pesado demasiado, pero la película me ha convencido bastante menos de lo que debería. Pese a todo, el sobresaliente trabajo de la mayor parte de los implicados convierte lo que sería un destrozo grave de una buena historia en una película más que notable que, seguro, acabará convertida en un referente cinematográfico de este año.

jueves, 20 de septiembre de 2007

En cartelera: Death proof



Hoy ya sí cayó Death proof y puedo afirmar que no recuerdo habérmelo pasado tan bien en el cine nunca salvo, tal vez, con American beauty o con la propia Kill Bill: Vol. 1.


Yo que en su momento critiqué el trailer que se presentó aquí en España por inconexo con la película, ahora entiendo perfectamente el tema. La historia tiene una narrativa tan a lo Tarantino que uno no sabe si contarlo todo, no contar nada o inventarse lo que le salga y que resulte tan absurdo como el trailer. Lo peor es que, sea como sea, sería quedarse corto. Para empezar hay que decir que Tarantino, siendo un director supuestamente devoto de las machadas y los tíos chungos, ha rodado la reivindicación más jodidamente feminista que ha dado el cine reciente y no esa versión rosa del machismo de siempre que es y será Sexo en Nueva York -al parecer Tarantino salía por Austin rodeado de mujeres en el mismo rollo que las protas de la primera parte de la película-.


La peli es básicamente una reunión de tías duras y buenorras -desde el punto de vista más femenino posible de la palabra- que reparten estopa en el sentido metafórico y en el real y que hablan con toda la frescura y la naturalidad del mundo de lo que se les ocurre que, a diferencia de en Pulp fiction no son los milagros y las hamburguesas, sino su propia feminidad, sus relaciones con los hombres y, sí, coches. Además, lo hacen a un ritmo infinitamente más endiablado y con una soltura que realmente da la impresión que uno fuera también de farra con ellas sacando los pies por la ventanilla del coche. En ese sentido, una vuelta de tuerca con respecto a Pulp fiction, que es su principal referente a ese nivel, es que la sensación de inanidad y de que no pasa nada salvo en los momentos Stuntman Mike está mucho más presente. Las chicas hablan, se ríen, bromean, se pican, comparten sus cosas y tú te lo pasas teta viéndolo, valga la referencia.


Argumentalmente no se puede contar nada sin destripar la peli. Hay dos grupos de chicas que hacen cosas de chicas o, mejor dicho, hacen cosas como una mujer en toda regla las haría, Stuntman Mike aparece con su coche 'death proof', pasan cosas, y la peli se acaba. Punto. Uno ha visto tantas veces Pulp fiction que no se plantea cómo la reseñaría, pero son películas tan dinámicas y tan llenas de anécdotas dentro de ese no pasar nada que es imposible tratar de hacer un resumen mínimamente aproximado de lo que pasa sin recurrir a decir "es que esta escena es genial" o "ese diálogo es el más descacharrante". Por otro lado, hay tantísimas referencias y guiños a toda su filmografía propia y a mucha ajena que ya no me daba tiempo ni de apuntarlas todas, desde las más sutiles de Pulp fiction (esa hamburguesa Big Kahuna entre otras) y Reservoir dogs, hasta los muy apoteósicos de Kill Bill como ese fogonazo de amarillo que se aprovecha de los trucos técnicos de la peli o incluso un pequeño homenaje a Kitano sin contar, obviamente, las pelis de 'serie B' de los 70. Aunque es divertidísima igualmente, es una película evidentemente dirigida a fans irredentos -algo así como los programas de los partidos políticos-. Y ya que mencionamos el tema técnico. Aunque no llega al culmen del volumen I de Kill Bill, Death proof es técnicamente intachable sobre todo por el uso premeditado del aspecto visual como parte de la narración e, incluso, como parte de la propia experiencia cinematográfica llenando la cinta de pelos, cortes, granos, saltos y hasta de un supuesto fallo del color que acaba dando paso a una explosión 'technicolor' en rojo y amarillo. Y a estas alturas no vamos a hablar de la parte musical. No sólo resucita versiones increíbles, los habituales temas de Morricone o las sintonías setenteras de las persecuciones, sino que hace una demostración de fuerza impresionante de cultura musical en el personaje de la DJ Jungle Julia y directamente, en un homenaje al mundo femenino, cierra los créditos con el Chick habit de Serge Gainsbourg en versión de April March.


Y si hablamos de mujeres qué decir de todo el ejército de 'kittens' que aparece en la película. Sí, sale Kurt Russell con el que puede ser uno de sus personajes más memorables, ese misógino despreciable casi imagen especular del Marv de Mickey Rourke en Sin City. Sí, también sale Michael Parks con su sempiterno y omnisciente Ranger McGraw y hasta el propio Tarantino se reserva un caramelo de personaje. Pero las protagonistas incuestionables son las mujeres que vienen en grupos de 4, las plazas de los 'muscle cars' que manejan. Del primer pack sobresale sobre todas la lenguaraz Sydney Tamiia Poitier (que en un homenaje a su padre consta acreditada sólo como Sydney Poitier) que cuenta con el personaje más jugoso aunque no se le quede atrás su compañera Vanessa Ferlito, alias 'Butterfly'. El segundo pack es menos complejo y más clásicamente de 'colegas', pero cuenta con algunos de los diálogos y las escenas más divertidas, además, no serían nada sin sus predecesoras. Y hasta ahí puedo leer :-P . Y otro 'gag' entrañable es que el 4º miembro de cada pack sean dos de las habituales 'stunts' de Tarantino, Monica Staggs y Zoe Bell que doblaran en las escenas de riesgo a Daryl Hannah y Uma Thurman respectivamente. Aunque el fetiche para la posteridad será Mary Elizabeth Winstead, con su vestido de animadora amarillo -claro, de las Vipers- que es el resumen perfecto de la película como el proyecto no sé si mejor pero, sin duda, más personal de Tarantino. Qué extrañas pero qué divertidas son las perversiones.


En definitiva, una película para ver en manadas (las femeninas seguro que se lo pasan aún mejor), reírse, gritar, patalear y silbar si hace falta. Hasta aceptaría las palomitas y todo.

martes, 18 de septiembre de 2007

En cartelera: Naturaleza muerta



Entre unas cosas y otras hacía ya tiempo que no me acercaba al cine y ahora que ya andamos medio libres he decidido que era hora del 'comeback'. Y para ello y dadas las circunstancias qué mejor que hacerlo con Naturaleza muerta, la ganadora del León de Oro de Venecia del año pasado -en realidad la idea era hacerlo con Death proof, pero el lunes es el día de descuento de los Alphaville y hay que aprovechar :-P -.


Lo primero que tengo que decir es que la película me ha sorprendido muy gratamente. No me esperaba que la experiencia fuera como ha sido aunque, de hecho, sería más exacto decir que con lo minimalista de la propuesta no me esperaba nada de nada. El punto de partida argumental es tan simple que dice bien poco sobre el calado de la película: un tipo llega en barco a la ciudad de Fengjie buscando a una chica de la que no sabe nada desde hace 16 años y de la que sólo tiene su última dirección. Para su sorpresa, lo que era su casa ha quedado sumergida bajo el nivel del río Yangtsé, crecido tras la construción de la presa de las Tres Gargantas. Poco tiempo después llegará al pueblo otra mujer en busca también de un persona de su pasado.


Para empezar a hablar de la película es importante situar a Zhang Ke en el panorama del cine chino. Tras el aumento de la censura en el gigante oriental que sólo admite las películas fastuosas y fundamentalmente inocuas de aquellos directores a los que se dio en llamar "de la 5ª Generación" como Zhang Yimou o Chen Kaige, ha surgido en los últimos tiempos una nueva "6ª Generación" que está más emparentada con el neorrealismo y con el 'cinéma vérité' que con su pariente rico de concubinas y emperadores. En ese grupo se podría incluir a Zhang Yang (La ducha), a Xiaoshuai Wang (La bicicleta de Pekín) y, claro está, al propio Zhang Ke, que ya alcanzó cierto reconocimiento con Platform y con Unknown pleasures.


Estructurada en una serie de cuadros cuya transición viene definida por elementos de esa naturaleza muerta que le da título, la película es una heredera bastante obvia de un tipo de cine contemplativo y semidocumental más propio de otras épocas que, de un tiempo a esta parte, gente como el turco Nuri Bilge Ceylan o el ruso Andrei Zvyagintsev andan recuperando y paseando por los festivales. Si Naturaleza muerta tiene un referente inmediato ese sería aquel Antonioni de Desierto rojo, preocupado por mostrar casi sin palabras cómo un entorno decadente y contaminado era reflejo del tambaleo de unos valores morales y una educación sentimental en el mismo estado de decadencia. En este caso, ese aspecto viene reflejado en la contundente metáfora del río borrando las huellas del pasado mientras los protagonistas luchan por reconciliarse con él y así llegar a conocer al menos su situación en la vida -"nada puede borrar lo que somos" dice uno de esos filósofos incidentales que suelen poblar estas cintas-. Demostrando la enorme influencia que unos nombres aparentemente menores han tenido en el mundo del cine también se reconoce en el trabajo de Zhang Ke ese extraño y violento absurdo existencial del cine de Shohei Imamura y Takeshi Kitano. No obstante, la productora de Kitano consta en los créditos de la película por lo que se entienden perfectamente esas entrañables concesiones a la comedia y al realismo mágico que hace en los momentos más inesperados, rompiendo el ritmo pausado de la película a base de 'gags' visuales -y sonoros, bendecidos por el 'karaoke'- muy propios del cine oriental.


Pero si hay una película y un estilo narrativo con los que tenga unos paralelismos sorprendentes es sin duda con el cine de José Luis Guerín, oportunamente de actualidad por su paso por Venecia -es más, sería perfectamente posible titular esta película como En (re)construcción-. Aunque el trabajo de dirección es simplemente prodigioso, en ningún momento la cámara deja de ser un mero testigo mudo de esta aparente monotonía del suceder del tiempo que, como el río, esconde viejos fantasmas y secretos turbulentos. Cada personaje de este mundo soterrado a la fuerza y en demolición continua esconde pequeñas tragedias humanas que se van entrecruzando a lo largo de la historia como encaje de bolillos, todos con sus búsquedas sin final a la vista. De un amor, de un amigo o, sencillamente, de un futuro. Tareas más arduas de lo que podría parecer y que el absurdo del destino y el tiempo complican aún más.


Del reparto poco hay que decir. Como es habitual en estos géneros, está básicamente compuesto por amigos, familiares y gente que aparece en todas las películas del director que le dan a la historia la naturalidad que un proyecto tan arriesgado requiere. Sí que cabría destacar siguiendo la línea de sus compatriotas el gran trabajo de banda sonora y de fotografía al que, en el caso de este último, no hay duda que ayudan en gran medida la espectacularidad de los paisajes de la China interior y esos desarrollos urbanos que mezclan de la forma más surrealista la arquitectura tradicional y el racionalismo de Mao, favoreciendo situaciones tan esperpénticas como que haya gente viviendo dentro de puentes.


Naturaleza muerta es, en definitiva, una de esas películas que se merecen para ellas un festival en el que ser proyectadas y que justifica la existencia de estos fenómenos tan aparentemente innecesarios.

sábado, 14 de julio de 2007

En cartelera: Jindabyne



Después de unos días sin acercarme por el cine estaba de antojo y me he ido a ver Jindabyne, la nueva película de Ray Lawrence por pura devoción hacia todos los miembros implicados.


El primero de ellos es la gran figura presente sólo por delegación: Raymond Carver. El relato en que está basado Jindabyne es aquel Tanta agua tan cerca de casa que forma parte de la colección Vidas cruzadas y que ya se encargara Robert Altman de llevar a la gran pantalla. En este caso la historia es como sigue. Cuatro hombres van a pescar a un río de las montañas como parte de un rito que realizan todos los años para escapar de sus sombras y allí se encuentran el cadáver de una chica. En lugar de avisar a las autoridades se quedan allí pescando todo el fin de semana y, a su regreso, el pueblo se les echa encima, saliendo a relucir sus fantasmas. La premisa es simple tanto que, como es habitual en los relatos de Carver, no es más que una mera excusa argumental para diseccionar a sus personajes. Sin entrar en demasiados detalles ni demasiado explícitos dibuja un entorno enfermizo, árido como el oportuno desierto que rodea esta versión australiana y lleno de secretos, medias verdades y mentiras inexplicables.


Es por este motivo que encaja como un puzzle que el responsable de la adaptación haya sido el australiano Ray Lawrence, otra de las piezas fundamentales de la película. El que casi podría ser definido como el Víctor Erice de allá abajo por su escasamente prolífica filmografía -3 películas en 25 años- se caracteriza por contar historias sobre personajes cotidianos que viven torturados por cosas que hicieron y, muy importante, por cosas que le hicieron a otros. No pretende buscar justicia moral ni explicaciones profundas a comportamientos que ni siquiera sus propios personajes comprenden, sólo pretende mostrar al público cómo es su sufrimiento y su lucha contra sus propios fantasmas interiores. A pesar de ello, en ningún momento cae ni en el tremendismo de la tragedia (Babel como ejemplo) ni en la lágrima fácil que un exceso de introspección conllevaría. Muy al contrario, su puesta en escena es fría y distante como las pinturas de Edward Hopper, eterno referente de las historias de Raymond Carver y del Cine en general.

¿Qué es entonces lo que acerca estas películas al público? Como no podía ser menos sus personajes y los actores que los interpretan, la otra clave de la película. En la demoledora Lantana ya demostró su ojo para el 'casting' buscándose como protagonista a ese gran ninguneado que es Anthony LaPaglia y a un buen grupo de actores procedente en su mayoría de esa espectacular cantera que supone la televisión australiana. En este caso, además de a su 'stock' televisivo, recurre a otro actor de inmerecida serie B como es Gabriel Byrne y a la impagable Laura Linney que va camino de convertirse junto con Kate Winslet en las grandes apestadas de los Oscars. Tanto el uno como la otra están enormes, pero sobre todo la Linney a la que estos papeles de sufridora le van como un guante y que ya le valiera el premio a la mejor actriz en el pasado festival de Valladolid.


Además de todos estos aspectos que hemos comentado, la película cuenta también con una genial banda sonora a cargo de Paul Kelly y de Dan Luscombe, compuesta a base de instrumentales muy deudores de la música aborigen australiana que sin caer en el exotismo acompañan los paisajes físicos y psicológicos de la película.

¿Defectos que tiene? El más grave sin duda lo excesivamente frivolizado que aparece retratado en muchas ocasiones el esfuerzo del personaje de Laura Linney por solucionar lo que ocurre y, sobre todo, ese eterno muro de corrección política que supone en Australia la relación con los descendientes de los aborígenes (la chica fallecida es de esa etnia). Casi más que en los problemas que rondan a los personajes y que desde el comienzo se plantean, la trama en su último tercio tiende a un intento de expiación que parece más el de la sociedad hacia los aborígenes que el de los propios personajes consigo mismos. De hecho hay escenas que sobrarían por completo sino fuera porque los actores son capaces de echárselas a hombros y las salvan de distanciarse totalmente de su propio destino.

En conclusión, Jindabyne no llega al nivel de la impecable Lantana, pero es sin duda una estupenda historia con unas interpretaciones dignas del acercamiento y que demuestran en estas contadas ocasiones las cosas tan interesantes que tiene el cine australiano para contar.