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domingo, 24 de febrero de 2008

En cartelera: No country for old men



Como esta noche es la noche aproveché ayer para ir a ver la más que potencial gran ganadora de la ceremonia, No country for old men, de los hermanos Coen.


El argumento es un clásico de la literatura de McCarthy. Un veterano de Vietnam que pasa el tiempo cazando descubre un grupo de camionetas abandonadas rodeadas de cadáveres: un negocio de drogas que salió evidentemente mal. La forma en la que reacciona o, mejor dicho, en la que no reacciona ante la escena definirá el destino de la película. A la búsqueda del last-man-standing de la carnicería, Llewellyn Moss (Josh Brolin), que así se llama el protagonista, se encuentra con un maletín lleno de dinero. Desde ese momento empezará una cacería digna del 'far West' con multitud de partes implicadas. Por un lado está el 'sheriff' Bell (Tommy Lee Jones), un policía veterano que lo ha visto casi todo en la vida y que persigue a Moss para intentar salvarle del lío en que se va a meter. Tenemos también a Anton Chigurh (Javier Bardem), una máquina de matar de motivaciones desconocidas que pareciera únicamente creada para este "servicio" que se autoimpone, y que saldrá detrás de Moss, básicamente porque es su obligación. Y, por último, tenemos a Carson Wells (Woody Harrelson), el encargado de perseguir a la bestia descontrolada.


La película al igual que el libro sólo se podría describir como un relato existencial que, como si de una tragedia griega se tratara, analiza cómo el destino y su búsqueda influye en las vidas de los pobres mortales que aquí moran. En ese sentido es una novedad en la filmografía de los hermanos Coen. Es cierto que en sus primeras películas, e incluso en algunas más recientes como El hombre que nunca estuvo allí, se habían cuestionado cómo los pequeños actos tienen grandes consecuencias y cómo de irónica es a veces la vida, pero nunca habían llegado al descarnamiento que tiene esta película en la que apenas si hay banda sonora. Curiosamente tiene un gran número de paralelismos con la que es una de sus obras mayores, Fargo: el dinero como origen de todo -aunque las motivaciones del personaje de Brolin sean bastante más dignas que las del de Macy-, el asesino profesional que no cuestiona su obligación, el 'sheriff' que no acaba de entender el absurdo que puede llevar a una situación así y, cómo no, el humor negro. No vamos a decir ahora que No country for old men es una película divertida, ni siquiera tiene el gamberrismo tan de los Coen que tenía Fargo, pero sí que tiene ese humor ácido del absurdo Coen, de conversaciones de bar y de chistecillos en las situaciones menos apropiadas. Son los pocos asideros que deja una película que podría seguir para siempre como si de un cuento de la tradición oral se tratara. Y todo esto contado bajo las luces y las sombras que crea el genio Roger Deakins desde detrás de la cámara. Sin duda uno de los relatos más rotundos del cine reciente.


Comentario aparte hay que dedicarle a Javier Bardem. Lo de que en los Oscars conste como actor de reparto es una ironía porque si hay un personaje que defina el tono y que haga progresar la película ese es Anton Chigurh con su crueldad injustificada, jugándose la vida de sus víctimas a cara o cruz. Bardem logra crear uno de los personajes más memorables que nos ha dado la pantalla en los últimos años. Es un personaje de origen tan desconocido como su nombre y de futuro totalmente incierto salvo porque, a no ser que alguien acabe con él, es evidente que seguirá matando. Se mueve por la historia con la parsimonia de un cirujano y de la misma manera meticulosa actúa. Es un carnicero y con la misma falta de piedad que un matarife liquida una vaca, él mata a la gente. Un favor impagable que los Coen le han hecho a Bardem.


Pero no nos vamos a quedar sólo con Bardem. Tommy Lee Jones está enorme en un personaje que mezcla la cotidianidad de aquella detective embarazada de Fargo con el porte de los personajes clásicos de un Gary Cooper de los que se declara heredero -"no puedes evitar compararte con los viejos tiempos" declara en un momento. También Brolin, que se mueve por la película con la misma falta de consciencia que Bardem, está estupendo en un personaje que se sacrifica por intentar darle a su mujer una vida mejor que la del parque de caravanas en el que viven. Y, aunque su aparición es poco menos que incidental, siempre hay que destacar a Kelly Macdonald, una de esas pequeñas grandes actrices que llenan la pantalla.


Yo me sigo quedando con Juno y La escafandra y la mariposa como favoritas de lo que va de temporada, pero es indudable que los Coen han hecho un trabajo enorme que, como decía Scott Foundas en el "Village Voice" debería ser objeto de estudio en lo que a la narración se refiere. Esta noche veremos si la Academia piensa lo mismo.

domingo, 17 de febrero de 2008

En cartelera: La escafandra y la mariposa



Pues sin una especial devoción fui hoy a ver lo último de Schnabel, La escafandra y la mariposa, y he salido pensando que es, probablemente, lo mejor que he visto en una sala de cine en algún año. Me tendría que remontar a Brokeback Mountain para encontrar algo a la altura en emotividad y a Las invasiones bárbaras para encontrar un guión tan inteligente y con tantísima ironía y fuerza dramática -de hecho, es muy curioso porque ambas películas comparten parte del reparto-.


La historia es la autobiografía de Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de "Elle" que, tras un infarto cerebral, queda totalmente paralítico pudiéndose comunicar solamente gracias al parpadeo de su ojo izquierdo. Pero, en contraste, él es perfectamente consciente de todo y en ese punto es en el que se basa toda la película. La diferencia es que, en lugar de hacer sangre con la situación y dramatizar sobre la angustia de vivir atrapado en tu propio cuerpo (la escafandra) como si de una nueva versión de Johnny cogió su fusil se tratara, lo que hace Bauby es reflexionar con un enorme sarcasmo sobre su situación, sus gentes y sus recuerdos. La memoria y la imaginación como vía de escape, su mariposa. Ahí entra la mano de Schnabel que, como artista multidisciplinar que es, se marca un montaje narrativo que es casi una performance, una demostración de fuerza con saltos entre lo que vive y lo que piensa el protagonista que, a la sazón, ¿no viene a ser lo mismo? Todo, como buena película francesa de elevado nivel cultural, lleno de referencias al cine, la música y la cultura popular que es en algo en lo que, de nuevo, se parece a los trabajos de Denys Arcand en Canadá (ese Marlon Brando como paradigma de juventud rebelde, por poner un ejemplo). Y cómo no, no podía faltar la omnipresencia femenina. Bauby habla de las mujeres de su vida, las necesita y se recrea mirándolas que, para lo que le queda por hacer, no es algo que esté demasiado mal. Antes de verla me habría jugado el culo a que el Oscar de guión adaptado se lo llevaban los Coen, pero ahora no lo tengo yo nada claro.


En cuanto al tema visual la película es un portento. Todo lo que en Atonement eran reproches al montaje y a la utilidad de los recursos de puesta en escena son virtudes en el caso de La escafandra y la mariposa. Se nota que Schnabel es más que un director al uso y cada imagen está tratada con mimo, es como es, no debe ser de otra manera y el propio mensaje te justifica que sea así. A ello colabora el genio multioscarizado de Janusz Kaminski que este año podría añadir el tercer premio a su cuenta si es que Deakins y Elswit le dejan.


Y si detrás de la cámaras el trabajo es inmejorable, delante es simplemente genial. El que da vida a Bauby es ese actor al que pondero siempre que tengo la oportunidad, ese trasunto simpático de Roman Polanski que es Mathieu Amalric. Para los que vivimos fuera de Francia es ese tipo que sube la media de películas como Munich, pero en el cine francés es un secundario de oro y la gran esperanza blanca después de protagonizar Reyes y reina. En este caso, como decía Oti Rodríguez Marchante, está claro que se gana su sueldo, tanto interpretando con la limitación de poder mover sólo un ojo como en los pasajes en los que recrea sus memorias. Pero la galería de secundarios es un 'all-star'. El médico y el cura que apenas hacen un cameo son ni más ni menos que Patrick Chesnais y Jean-Pierre Cassel. Su colega de la redacción es ese dechado de naturalidad interpretativa y colega-muso de Jim Jarmusch que es Isaach De Bankolé. Y la galaxia femenina no se queda atrás. Su amor pasado es Marina Hands y su compañera en la salud y en la enfermedad es Emmanuelle Seigner, ambas estupendas en sus papeles. Pero si hay una mujer que brilla con luz propia esa es aquella revelación de Ararat y Las invasiones bárbaras, Marie-Josée Croze. Su sola presencia ilumina la pantalla como ilumina la propia vida de Bauby con su esfuerzo para que pueda hablar. Y dejo aparte al grande entre los grandes, Max von Sydow, que interpreta al padre de Bauby y que es monstruoso cómo se come la escena cada vez que sale.


Diría más pero creo que ha quedado suficientemente claro que no sólo estamos ante uno de los estrenos del año sino de unos cuantos y que por recurrir a la odiosa comparación es la antítesis de ese pastiche sentimentaloide que es Mar adentro. Lo que en aquella era manipulación pura y dura aquí fluye sin subrayados y sin patetismos,con una banda sonora que es una joya y una puesta en escena que no parece posible que sea tan buena. Así como ayer no recomendaba el visionado de Atonement aquí no puedo por menos que urgir a que sea así porque realmente es una gran experiencia de vida que disfrutar en una sala de cine y vale la pena descubrir que todavía hay rebelión en el Cine y que del marasmo de historias a la vieja usanza que se producen cada año pueda surgir una pequeña joya como esta.

En cartelera: Expiación



Pues por fin fui a ver Expiación y, la verdad, es que me ha dejado una sensación ambigua.


El montaje, en una jugada de autoconsciencia de historia sobre contar historias, fragmenta el relato y lo hace avanzar y retroceder en una serie de golpes que se asemejan al sonido de las teclas de máquina de escribir que acompasan la banda sonora. De estos golpes algunos funcionan, sobre todo concentrados en la primera parte de la historia, la de la confusión infantil y el engaño, y otros huelen totalmente a relleno. Bien contados, pero sin nada que aportar. Por poner un ejemplo tenemos la conversión de la perversa niña en una devota enfermera como parte de su proceso de expiación. Es evidente la finalidad de esos pasajes para definir el personaje y su evolución pero, realmente, ¿nos importa un carajo esa morcilla dentro del relato, ese puñado de cabos sueltos que se atan forzadamente? ¿Si ese personaje quedase 'en off' o su fragmento no fuese tan fiel al ritmo sincopado de la película no ganaría en fluidez? Preguntas que surgen. Lo mismo le ocurre al personaje de McAvoy en su peripecia por el frente francés. El plano-secuencia de la retirada de Dunkerque es impresionante pero, realmente, ¿es necesario que sea así? ¿Es necesario tanto abigarramiento de detalles para describir la nostalgia del personaje? Gracias al epílogo final sustentado por la enorme Vanessa Redgrave entendemos cuáles han sido las intenciones de la película, su reflexión sobre el poder de la palabra para curar y para herir pero, de nuevo, ¿las piezas de la narración y sus formas son las correctas para llegar a esa conclusión? Uno sabe por qué le han contado las cosas que le han contado, pero es una duda permanente el por qué así. A eso hay que añadirle los pecados típicos de las adaptaciones de situaciones contadas con brocha gorda y personajes liquidados en una escena. Ese francés moribundo, esa enfermera despótica, esa compañera que sólo se casará con un marino, ¿no enriquecerían el personaje de la chica con un trato más delicado? También me quedo con ganas de conocer al compañero de McAvoy. Seguro que debía ser un gran tipo, un interesante Virgilio a la británica de nuestro particular Dante en el infierno sin su Beatriz. Siempre se dice eso tan tópico de que una adaptación pierde comparada con el libro pero, en este caso, es evidente hasta para los que nos lo hemos leído, porque lo que trasluce con sus carencias es el buen material del libro. Si se decía del libro que era tremendamente cinematográfico, se puede decir de la película que es tremendamente novelable.


Dejando a un lado el metalenguaje de la película y centrándonos en cosas más terrenas tenemos un reparto en el que lo más destacable son los papeles más pequeños. La Knightley sigue resultando tan repelente como siempre pero, como su personaje transmite la misma sensación de indolencia despreciable, da bastante el tipo. A McAvoy le pasa un poco lo mismo, su función es dar la foto y parecer un buen tío superado por las circunstancias y cuando uno tiene su cara no es un esfuerzo sobrehumano. Es la siniestra niña Saorsie Ronan el descubrimiento evidente de la película, aunque tampoco sea una tipología de personaje especialmente innovadora. Sea como sea, lo cierto es que es el motor del relato y, tanto a nivel interpretativo como a nivel narrativo, lo mejor de la película viene de su mano. Y no dejemos fuera a la Redgrave que, en lo que es prácticamente un cameo -con guiño incorporado, ya que el que la acompaña es el director Anthony Minghella-, se come con patatas a los otros dos que se han pasado más de hora y media con sus desvelos.


En el aspecto técnico y artístico sí que es incuestionable. La banda sonora, aun pasándose de subrayado en la segunda parte, presenta un enfoque interesante que se acopla a la perfección con la particular forma del relato lo que, como ya hemos comentado, no es particularmente sencillo. En cuanto a la fotografía es un espectáculo de sepias y colores satinados que se suma al trabajo de vestuario y maquillaje aunque también peque en más de una ocasión de exceso de composición. Si alguna posibilidad tiene en los Oscars será por aquí.


Por resumir, Expiación es una bonita película, con una gran historia, pero que tiene tantos puntos de fuga en la forma como virtudes en el fondo. Recomendable, sí. Prescindible, también.

lunes, 11 de febrero de 2008

En cartelera: 4 meses, 3 semanas y 2 días



Y la tercera en tres días es otra de las películas del año, la rumana 4 meses, 3 semanas y 2 días.


La historia, tan terrible como suena, es la de dos compañeras de universidad que en la dictadura de Ceauşescu tratan por todos los medios de que una de ellas pueda abortar (desde el 66 los anticonceptivos estaban prohibidos y el aborto estaba gravemente penado). La gran virtud de la película está en que no entra a establecer juicios de valor y, en ese sentido, es casi más un 'thriller' angustioso que sigue las andanzas de estas chicas por los bajos fondos que una película de tesis. Como Michael Haneke en Caché o Kieslowski en sus películas de los 80, Mungiu analiza los actos de sus personajes a base de enormes elipsis y primeros planos fijos de 5 y 10 minutos. No entra a discutir si la chica embarazada hace bien en abortar, la amiga en ayudarla o el tipo que lo realiza en aprovecharse de ellas a cambio. Sencillamente las circunstancias son así y el director las muestra sin ningún tipo de reparo. Ni siquiera se cita en ningún momento a Ceauşescu o el comunismo. No es su intención hacer un retrato del poder sobre las vidas ajenas como en La vida de los otros. Las dificultades perfectamente asumidas a la hora de conseguir una habitación de hotel o un simple desodorante ya hablan por sí mismas de la situación. Si En el Valle de Elah mostraba la deshumanización que causaba la guerra sin mostrarla, 4 meses, 3 semanas y 2 días es un retrato sin concesiones de la destrucción moral sin que haga falta en ningún momento cuestionar el régimen. La imagen de un feto en una toalla del baño de un hotel es bastante explícita al respecto.


El cine rumano ha pasado en los últimos tiempos de ser mano de obra barata para grandes superproducciones a ser una industria todavía pequeña pero con proyección. Después de la exitosa La muerte del señor Lazarescu, 4 meses, 3 semanas y 2 días ha dado el gran salto arrasando con todos los premios por los que ha pasado, desde la Palma de Oro en Cannes a los premios del Cine europeo, pasando por su recorrido americano que se ha visto injustamente frenado de camino a los Oscars. Gran parte de este éxito no sólo es consecuencia de este renacer del cine psicológico oriental sino de sus intérpretes, en especial de Anamaria Marinca. Marinca es la amiga decidida, la superviviente integrada en los engranajes de la clandestinidad para poder seguir con su vida que, como un sabueso, busca la salida a todos los pasadizos oscuros por los que les tocará pasar. Es la que hace lo que la situación pide sin cuestionarse demasiado con prejuicios y que en un terrible plano final no puede más que mirar al espectador para decirle "sí, aquí estoy". Un personaje que tiene que cargar con un pasado humilde y que todo el mundo sabe que estudia ciencias técnicas para que el régimen no la devuelva al campo. Que carga con la charla superficial de la familia de su novio porque sabe que es su deber, aunque sabe también que ha dejado a su amiga sola en una miserable habitación de hotel. La ambigüedad moral no por convicción sino por obligación asumida. Seguramente dos años más tarde podríamos asumir que formaría parte de las manifestaciones para derrocar el régimen pero, mientras, lo que toca es sobrevivir y ella lo hace.


Decir más de una película que se autoimpone tanto silencio sería serle infiel. Así que sólo queda la recomendación para todo aquel que se atreva a acercarse a una visión diferente del mundo y de la narrativa clásica. Una visión que respeta a sus protagonistas con todos sus lastres y que ni siquiera deja en manos del espectador la posibilidad de un juicio. No es una historia sobre el aborto, es una historia sobre personas y su forma de afrontar las circunstancias. ¿Podrá el espectador afrontarla? Prueben.

sábado, 9 de febrero de 2008

En cartelera: En el Valle de Elah



Seguimos de maratón con otra vieja apuesta desde que se estrenara allá por el festival de Venecia en un importante rumor de premios. Al final se ha quedado sólo con la nominación a mejor actor en los Oscars, pero ya parece bastante teniendo en cuenta el fuelle que había perdido. Se trata, obviamente, de En el Valle de Elah.


Después de su estela debut con Crash, Paul Haggis retorna a los dramas autogenerados por el propio ser humano con una película que se ha definido como el mejor relato sobre la guerra de Irak. Y todo sin apenas mostrar el campo de batalla. La historia es la de Hank Deerfield (Tommy Lee Jones), un policía militar retirado cuyo hijo desaparece apenas días después de su retorno de Irak, y la meticulosa búsqueda de los hechos que emprende junto a una detective local (Charlize Theron). Mientras el ejército intenta ocultar cualquier rastro de lo sucedido, un padre obstinado y una agente que necesita demostrarse a sí misma su valor, se empeñarán en mover cielo y tierra para descubrir lo ocurrido. Y según avance la narración, no sólo descubrirán lo ocurrido con el chaval, sino la deshumanización a la que la guerra les ha llevado tanto a él como a sus compañeros de unidad. "Es la forma de afrontarlo", dicen, mientras un impertérrito veterano de guerra escruta sus rostros intentando averiguar el porqué.


Hablar del trabajo de Tommy Lee Jones a estas alturas con un Oscar a sus espaldas y teniendo en cuenta que sus últimos proyectos han sido Los tres entierros de Melquiades Estrada y No country for old men suena ridículo, pero no cabe menos que destacar una interpretación que entre tanto 'buzz' le ha valido colarse y conseguir su tercera nominación al Oscar. Como el Ethan Edwards de Centauros del desierto, Hank Deerfield es un personaje de vuelta de todo que emprende una búsqueda desesperada aunque sepa a ciencia cierta que los frutos serán de todo menos afortunados. Es ese empeño el que derrumba todos los muros que se interponen y como David en el valle que da nombre a la película será capaz de vencer a Goliath. Que la batalla haya servido para algo ya es más difícil de decidir.


Perfecta réplica le da Charlize Theron que, aunque no había nacido cuando Jones ya hacía sus pinitos en el cine, tiene también una larga y exitosa trayectoria aunque no menos irregular. En sus últimos tiempos, eso sí, ha dejado sus papeles de chica guapa para dejar aflorar una inteligencia interpretativa fuera de lo común. Sin necesidad del trabajo de maquillaje de Monster, sólo con una coleta, una camisa blanca y una chaqueta gris, la Theron se convierte en un sabueso inquieto cuyo único interés es hacer su trabajo de la manera adecuada. Así, con dos personajes tratando de hacer lo que deben, se establece un 'tour de force' en el que casi parecen luchar por demostrar quién está mejor de ambos. Gana Tommy Lee Jones. Es demasiado bueno y tiene demasiadas arrugas. Pero es un gran espectáculo verles moverse a ambos por la pantalla. Y no olvidemos a Susan Sarandon que, aunque muy incidental, tiene un personaje que se merecería un relato aparte.


Y hagamos un aparte para el aspecto técnico-artístico. La película basa su solidez en un guión sin concesiones a la galería y en unas interpretaciones sobrias que dan la talla, pero el relato es de una depuración técnica muy cercana a la que ya se viera en Crash. La dirección de fotografía -de la que está a cargo uno de los personajes del año, Roger Deakins- es de una rotundidad incuestionable, a la altura de aquella alienación de Paris, Texas, llena de paisajes desolados y luces artificiales penumbrosas. Y la banda sonora de Mark Isham es fundamental a la hora de crear el clima de desolación que puebla la película sin contar con la aparición, claro, de la gran Bird York, que se quedara sin un Oscar casi seguro por Crash.


Por no añadir mucho más, sólo decir que sumamos En el Valle de Elah a la larga lista de buenos trabajos que pueblan el cine estos días y que seguirán llegando de aquí a a final de mes. Y que ojalá Brian de Palma se dejara de gilipolleces de relatos de guerra multimedia y contase una historia así, como debe ser.

viernes, 8 de febrero de 2008

En cartelera: Juno



Después de un mes sin ir al cine y bastante más sin comentar ni una sola película decidí que era hora de volver a lo grande y qué mejor para eso que hacerlo con Juno. La lista era larga y los nombres buenos, pero esta fue la elegida. Más que digna heredera del espíritu de Little Miss Sunshine cuenta la historia de Juno, hija mayor de una familia desestructurada, que, tras quedarse embarazada, decide que la solución ideal es tener al niño y buscarle la familia perfecta en el intervalo para que no viva lo que ella ha vivido. Obviamente la cosa no es tan fácil y el mundo no parece tan preparado a asumir responsabilidades como la joven Juno.


El director de todo esto es Jason Reitman que debutara hace dos años con la genial Thank you for smoking. El que recuerde aquella ya se imaginará que esto no es un drama de adolescentes embarazadas que tienen que reconducir sus vidas, es la historia de una chica inquieta, deslenguada y tremendamente autoconsciente cuyo paso a la madurez se acelera algo más de la cuenta y que asume una decisión tan tremenda con la sencillez y el sarcasmo que afronta todo lo demás. Pero la película no se desliza por la pendiente reslabadiza del humor gamberro de Lío embarazoso y otras películas de la factoría Apatow. Por el contrario, entre tanta ironía apuesta por el retrato tierno de la búsqueda de un lugar en el mundo, del amor y, sobre todo, de la estabilidad vital. De hecho, al viejo estilo del 'indie' americano, el relato avanza con las estaciones del año, desde la crisis del otoño a las dudas del invierno, acabando con las resoluciones primaverales. Y todo esto lo hace apoyada en uno de los guiones más atrevidamente frescos, sinceros y sin complejos que se hayan escrito en los últimos tiempos. La debutante Diablo Cody, cuyo paso por la vida no se aleja demasiado del de la propia Juno, ha convertido una historia llena de 'gags' adolescentes (por favor, ese teléfono hamburguesa) en uno de los mayores fenómenos del año. Los diálogos resultan tan naturales que es imposible no reírse con la misma naturalidad.


Y pasamos al meollo de la cuestión, al motivo principal por el que un guión así puede dar el salto a la pantalla, a su protagonista, la enorme Ellen Page. Lo de la Page con apenas 20 años sólo se puede describir como monstruoso. Debutó con una de las grandes referencias del 'indie' canadiense, la serie Trailer park boys, y dejó a muchos boquiabiertos con su aparición en Wilby Wonderful, pero sin duda el gran salto de calidad lo dio con la increíblemente perversa Hard candy en la que daba vida a la Caperucita que se comía al lobo. En este caso, Ellen Page, con sus pecas, su mirada inquisitiva y su 'fast talking', es sin duda la perfecta Juno. Sólo con verla caminar con su gran barriga y su bandolera a cuestas ya se comprende que es una actriz diferente -por si declarar que sus modelos son Kate Winslet, Laura Linney y Sissi Spacek no fuera suficiente-. Si sigue ascendiendo así, de aquí a 5 años será incuestionablemente una de las mejores actrices del momento. Apártate Scarlett porque llega el relevo en su versión más precoz todavía.


Pero Ellen Page no está sola en esto. Junto a ella están el habitual tipo duro J.K. Simmons que interpreta a su abnegado padre, la ex-secretaria de prensa de El ala oeste Allison Janney, el ganador del Globo por Arrested development Patrick Bateman y Jennifer Garner. También de la cantera de Arrested development sale Michael Cera, que a sus 18 años se ha convertido en el espejo de una generación de nuevos 'geeks' gracias a su personaje en Superbad y al Paulie Bleeker de Juno, padre sin premeditación y con bastante poca alevosía de la criatura -no vamos a considerar violación que Ellen Page se te tire encima, pero se acercaría bastante-. Y casi tan protagonista como los actores es, cómo no, la música de la película. Cada transición va acompañada por el humor absurdo de las letras infantiles de Kimya Dawson a lo que hay que sumar la devoción por el 'punk' de Juno, fundamental en su relación con el personaje de Jason Bateman, músico frustrado, fan de Sonic Youth, dedicado a los 'jingles' publicitarios que precisamente se replantea su vida tras conocer a la joven embarazada. Si a esto le sumamos las apariciones de la Velvet Underground, Moldy Peaches, Cat Power o, claro está, ese mito 'indie' que son Belle & Sebastian, tenemos una banda sonora no original digna de compararse con aquella inmensa de Garden State.


Poco más que decir. Juno es sin ningún lugar a duda una de las películas más memorables de la temporada y como le pasó a Little Miss Sunshine, aunque sean otras las que se lleven los premios grandes, será esta pequeña película la que perdure en la memoria colectiva.

martes, 13 de noviembre de 2007

En cartelera: Gone baby gone



Como ya comentamos en su momento, las películas importantes empiezan a llegar y abrimos fuego con Gone baby gone del, quién lo diría, debutante Ben Affleck.


Sí, es la película del 'caso Madeleine', dicho lo cual correremos un tupido velo ya que, más allá del parecido físico de la niña y de las similitudes en los nombres -la actriz se llama Madeline y su personaje se apellida McCready-, la película tiene la suficiente entidad como para que la coincidencia quede en lo meramente anecdótico. Affleck ya demostró con su oscarizado guión para El indomable Will Hunting que su trabajo detrás de la cámara prometía bastante más que lo que ha dado de sí su actuación delante. Como actor siempre ha sido más bien mediocre y sólo cabe destacar sus iniciales colaboraciones con su amigo Kevin Smith y por dar vida a George Reeves, el primer Superman de carne y hueso, en Hollywoodland. En Gone baby gone se ha decidido por adaptar un relato de Dennis Lehane, autor de aquella mítica Mystic River, que vuelve a situarse en los suburbios más deprimidos de la ciudad de Boston. Pero Affleck y su compañero en la escritura, Aaron Stockard, no se dejan intimidar por el precedente -aunque la referencia sea más que obvia- y bucean aún más en la sordidez del mundo de lo que lo hiciera Eastwood en su adaptación. La historia, una más en la obsesión de Lehane por utilizar a los niños como metáfora de la indefensión ante el mundo, es la de Amanda, una niña que desaparece de un hogar totalmente desestructurado, cuyos tíos, ante la irresposabilidad de su madre drogadicta, deciden contratar a unos detectives para que encuentren a la pequeña. De nuevo un barrio que es tejido cicatricial de la gran ciudad, un barrio en el que la gente no tiene otra idea de futuro que sentarse en los destartalados porches de su casa a ver pasar el tiempo, un barrio en el que un niño podría vivir experiencias peores que ser secuestrado. En ese aspecto es en el que, desde la primera secuencia, empieza a destacar la labor de dirección del señor Affleck. Gone baby gone hace alarde de una de las puestas en escena más rotundas que la temporada haya dado y que su director utiliza para retratar a vista de pájaro un barrio miserable y decadente, de atmósfera contaminada y rincones sombríos, sin perder por ello la capacidad de bajar a ras de suelo para retratar a sus moradores, gentes con tan poca estabilidad como los cimientos de sus casas y con pasados tan oscuros como sus callejones. Patrick Kenzie era uno de ellos hasta que decidió hacer algo y se convirtió en detective privado, una especie de ángel caído a la inversa obsesionado con ser el guardián de su comunidad. Junto a su novia Angie Gennaro serán los encargados de pelar una cebolla con más capas de las que hubieran deseado encontrar.


Uno de los problemas de la adaptación es que, según avanza la narración, uno va descubriendo que Gone baby gone no es tan buen material cinematográfico como lo era Mystic River. La investigación policial se va tornando en un complejo 'thriller' emocional al estilo del género negro pero en el que no acaba de quedar tan claro como en la de Eastwood cuál es la tesis que se plantea. Además, como Gone baby gone pertenece a una serie de 5 novelas protagonizadas por los detectives Kenzie y Gennaro, Affleck acaba siendo demasiado fiel y se permite ciertas licencias con respecto a la situación de los personajes en su entorno, de su pasado y de pequeñas historias que acaban resultando inconexas, que todo el montaje termina por resentirse. Tanto es así que la segunda parte de la historia, la que comienza tras la infructuosa búsqueda inicial de la pequeña Amanda, acaba convertida casi en un epílogo explicativo de lo previo. Sin embargo, y pese al terrible uso del 'flashback' y de las escenas de acción que dan idea de su bisoñez, el director remonta el vuelo cada vez que vuelve a lo que sabe, al trato con el diálogo, a demostrar que ser actor antes que director ayuda a no perderle la cara a cómo y quién tiene que decir las cosas.


Por ese lado tenemos uno de los grandes aciertos de Gone baby gone, el casting. Parecería que la cosa queda demasiado en familia con la elección de su hermano Casey como protagonista de la historia, pero lo cierto es que es difícil imaginarse al detective Kenzie con otro rostro. Tal cual lo retrata el guión como un joven de aspecto frágil pero curtido en las calles, el pequeño de los Affleck se ajusta enseguida, no sólo ya por su aspecto inocente, sino por su capacidad de salir de las sombras y morder a perros con aspectos más fieros. De ese difícil equilibrio entre el ser, el parecer y el creer que abunda en la obra de Lehane sale lo suficientemente bien parado como para rozar lo portentoso. Si a esto sumamos su secundario en El asesinato de Jesse James... este puede ser sin duda su año. A él lo acompaña una eterna apuesta de los medios americanos que, por su dudoso criterio a la hora de elegir los papeles, sigue sin explotar su potencial: Michelle Monaghan. Su función en el relato es simple pero esencial, es la voz de la conciencia que expresa las dudas del espectador. Es el personaje que se distancia de la obsesión de su compañero, de la ceguera y la insensibilidad que el trabajo de campo genera y que reflexiona sobre lo que va ocurriendo. En su camino se irán cruzando no pocas grandes interpretaciones como la de Titus Welliver, otro actor surgido del gran reparto de Deadwood, Ed Harris de retorno a su intensidad habitual o el muy sorprendente personaje de Morgan Freeman. Pero si hay un personaje que se convierta en la joya absoluta del ramillete es el de la intratable madre a la que da vida Amy Ryan. Es el personaje por el que programas como el de Jerry Springer pagarían millones: la madre más horrible del mundo pero a la que uno nunca se cansaría de escuchar. Siempre desafiante incluso tras la desaparición de su hija, es un personaje inabarcable y lleno de vida y de ideas que no se preocupa en ocultar, soltándolas como si de una metralleta se tratara. Su Helene McCready es la perfecta definición de por qué se dice eso de 'supporting role', una interpretación de las que genera conflictos y espolea al resto de personajes a mostrarse cómo son. Si no hubiera ya una larga lista de grandes mujeres en papeles de apoyo, Amy Ryan debería ser una de las grandes apuestas para los Oscars. De nuevo una demostración de la gran cantera que es la tele por cable, en este caso del monumental 'thriller' de la HBO The wire.


Visualmente difícil de mejorar -es el doblemente oscarizado John Toll el que está al cargo de la fotografía-, Gone baby gone engancha y acompaña al espectador a bucear en las cloacas de la marginalidad ciudadana, de la doble moral -¿se merece una madre tan horrenda recuperar a su hija?- y de las dificultades para definir el concepto de justicia. El resultado final puede parecer desequilibrado y lejos de la redondez formal de Mystic River, pero nadie puede negar que Ben Affleck en su debut se la juega a tumba abierta y sale con nota del intento después de plantear no pocos interrogantes peliagudos. Y eso ya es mucho más de lo que ofrece el grueso de la cinematografía americana.

miércoles, 31 de octubre de 2007

ROAD TO THE OSCARS (3): La oleada prenavideña llega a los cines



Después de anunciarlo durante tanto tiempo, llega por fin a nuestras pantallas la primera de las oleadas de películas oscarizables que están por llegar este año.

Aprovechando las fiestas, las salas españolas se han decidido a programar algunas de las primeras candidatas firmes a premio o que, sencillamente, darán que hablar por las estrellonas de su reparto o por lo dispar de sus propuestas. Una vez que las veamos se irán comentando más en profundidad, pero vamos a hacer un breve repaso en este el día de su estreno.

La primera será una de las películas que más ha dado que hablar desde su estreno en EE.UU. y no sólo por lo obscenamente largo de su título, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. La adaptación a la pantalla de los últimos días del forajido Jesse James levantó ampollas ya desde su ‘premiere’ en Venecia en la que gustaron más bien poco su dudosa moral y el barroquismo exacerbado de su director, el neozelandés Andrew Dominik. Para empezar la película dura casi 3 horas, lo que dio pie a los críticos de Venecia a hacer chistes dándole las gracias a Robert Ford por haber matado joven a James. Sin embargo y como pasa siempre, desde que llegase a los cines americanos ha aparecido un grupo importante de críticos que, aprovechando la carrera hacia los Oscars, se han lanzado a reivindicar su vena iconoclasta y a su protagonista, Brad Pitt –aunque ganó la Copa Volpi en Venecia, es un secreto a voces que él mismo intentó impedir el lanzamiento por el tufillo a batacazo monumental que traía-. Aunque es una historia que ha fomentado tantas alabanzas como odios viscerales, sí que se coincide en destacar al que será uno de los rostros de la temporada, el menor de los Affleck, Casey, que interpreta al cobarde Robert Ford. Además, siendo una propuesta tan exagerada en medios, se cuenta con que Roger Deakins, el habitual director de fotografía de los Coen y reemplazo de Conrad L. Hall en la filmografía de Sam Mendes, parta como uno de los favoritos en su categoría. Ya en menor medida también Nick Cave, responsable de la banda sonora y que hace un cameo en la película, añade su presencia a la lista de futuribles. Habrá que verla para decidir si se está con los adoradores o nos unimos al linchamiento.



Seguimos con el debut de Ben Affleck en la dirección, Gone, baby, gone. Basada como Mystic River en un relato del turbulento Dennis Lehane, Gone, baby, gone, cuenta la historia de dos detectives encargados de investigar la desaparición de una niña en un suburbio de Boston. Como ya ocurriera en el relato adaptado por Clint Eastwood, la desaparición no es más que una mera excusa argumental para analizar los miedos, anhelos y miserias humanas de una sociedad decadente y llena de aristas. Más allá de la polémica que se despertó por la coincidencia con el ‘caso Madeleine’ –no sólo la niña tiene un gran parecido, sino que se llama Madeline y su personaje se apellida McCready-, Gone, baby, gone ya se ha metido en el ‘top’ de la IMDb de películas de la historia. Los principales responsables de tan meteórica ascensión han sido los Affleck: Ben, el mayor, como responsable de dirigir y, sobre todo, de adaptar la novela, y en una nueva aparición estelar, Casey, el pequeño, por dar vida al detective Patrick Kenzie. Junto a Casey Affleck completan el reparto Ed Harris, Morgan Freeman, ese fetiche en potencia que es Michelle Monaghan y Amy Ryan, actriz salida de la cantera de Broadway y de la televisión por cable, que también empieza a sonar como premiable. Así que, recapitulando, tenemos un posible ‘dark horse’ en las categorías de película y dirección –ya hay muchos nombres gordos como para considerarla candidata en firme-, una candidatura bastante más seria para el pequeño Affleck como actor principal, que se podría sumar a una de reparto por El asesinato de Jesse James..., y una batería de actores de reparto que, si consiguen repercusión suficiente y no se anulan entre ellos 'a la Infiltrados', podrían contar también en las listas. Caso aparte es el del guión adaptado que, aún siendo una nominación más que posible, vuelve este año a ser una de las categorías elitistas, con historias basadas en autores tan reverenciados e inabarcables como Ian McEwan (Expiación), Cormac McCarthy (No country for old men), Upton Sinclair (There will be blood) o Alice Munro (Away from her).



Cambiamos totalmente de tercio con la que, a día de hoy, es una de las candidatas de más peso en su categoría -en un doble salto mortal es la preseleccionada francesa de este año-: Persepolis. Dirigida a cuatro manos por los dibujantes de comic Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi, está basada en la novela gráfica de la que que Satrapi es autora y “protagonista”. Casi más que su argumento –la huida de su país de una joven iraní y el posterior choque con la civilización occidental- lo que cabe destacar es su adaptación casi literal como película de animación en contundente blanco y negro, muy característico de la novela gráfica reciente. La duda que ha surgido y que anda corroyendo a buena parte de los especialistas de los Oscars es si Persepolis podrá participar a la vez en las categorías de mejor largo de animación y mejor película en lengua no inglesa. Las normativas de ambas categorías son sin duda las más inextricables de los Premios de la Academia y ni un doctor en derecho sería capaz de saber cómo aplicarlas en muchos casos, por lo que el criterio queda en manos del comité de selección. Por otro lado, y volviendo a la película, no podemos dejar de comentar ese gran guiño al cine francés que supone que las encargadas de poner voz a las mujeres de la familia sean también familia: Chiara Mastroianni interpreta a la joven Marjane mientras que a su madre la dobla su propia ídem, Catherine Deneuve y a su abuela la veterana Danielle Darrieux, madre en la ficción de la Deneuve hasta en 5 ocasiones.



Siguiendo con el cine al margen tenemos una de las sorpresas más agradables de la temporada y que más pasiones ha levantado entre los pocos que la han visto, el atípico musical Once. Ganadora del premio del público este año en Sundance, es la visión que del género podría tener, por ejemplo, Michael Winterbottom: un chico y una chica de nombre indeterminado, devotos por la música y que se ganan la vida como pueden se conocen y deciden colaborar juntos mientras, claro está, la historia empieza a ir más allá de lo musical. La idea surgió del director, John Carney que, interesado por el musical clásico, pensó que la mejor manera de traérselo al siglo XXI sin caer en los tópicos -gente cantando por doquier y con excusas banales- sería contar la historia de unos músicos semi-vagabundos cuyas letras, lógicamente, estuviesen basadas en sus propios pensamientos. Así le pidió a su amigo y líder de su ex-banda The Frames, Glen Hansard, que le encontrase una actriz joven que fuera bien para la historia. Ante la negativa de Cillian Murphy de trabajar con la debutante Markéta Irglová, Carney acabó recurriendo de nuevo a Hansard al que le propuso ser su protagonista. Y así llega hasta nosotros una historia pequeña y que es una de las favoritas de los apostadores arriesgados, los ‘no guts, no glory’ que cada año surgen y que si tienen su reflejo en la Academia se convierten en esas sorpresas que animan el anuncio de las nominaciones. Siendo realistas sólo se plantearía como candidata en las categorías de dirección, en la no tan competitiva de guión original –aunque este año todo quedará a la sombra del monstruo de Diablo Cody y su guión para Juno- y, por supuesto, en las musicales, muy probablemente con varias canciones nominadas.



Y ya acabamos con un estreno que se supone ‘mainstream’ y alejado de cualquier reverencia crítica, pero que en EE.UU. se ha convertido en la película de acción de la temporada y hasta el ‘pope’ Roger Ebert, uno de sus más fervientes admiradores, ha dicho que, en comparación con esto, Sin City es un drama intimista. Es Shoot’em Up de Michael Davis, creador de la mítica serie aún por estrenarse en España Deadwood. El tipo con más mala leche del mundo rescata a un bebé, lo que provocará que una misteriosa trama conspirativa les persiga para matarles. En medio de todo esto aparece DQ, una puta a la que nuestro protagonista recurre para que cuide del bebé. El tipo es Clive Owen, ella es Monica Bellucci y el jefe de los siniestros perseguidores es Paul Giamatti. Un reparto bastante atractivo para una historia que se ha definido como “todas las cosas imaginativas e ingeniosas que se puede hacer con una lucha a mano armada” y que ha recibido calificativos de la más diversa índole, a saber, “juerga de acción”, “montón de basura absurda”, “sueño húmedo para los adictos a la acción” y así una larga lista de epítomes a favor y en contra. Al que le apetezca algo de acción, ya sabe.



Así que aquí dejamos la lista de “things to do” que según avance noviembre se irá extendiendo hasta el infinito –agarrémonos, que la semana que viene llega la segunda parte de Elizabeth- y que para enero volverá a explotar. Que ustedes lo pasen bien.

domingo, 21 de octubre de 2007

En cartelera: El orfanato



La curiosidad, llamémosla periodística por adjetivarla de algo, me llevó este viernes a acercarme a ver El orfanato, de J.A. Bayona, no obstante será la película que nos represente este año camino de los Oscars. Pero tengo que decir que, siendo especialmente exigente con el tema terrorífico como soy, desde luego no acabó siendo precisamente santo de mi devoción.


No es en absoluto una mala película y me jugaría la nalga izquierda a que es la mejor de las tres que fueron preseleccionadas por la Academia pero, horror, Bayona en su salto al largo ha resultado ser el Amenábar de Amenábar. Como el director de Los otros en casi todas sus películas -salvamos la semi-amateur Tesis-, Bayona demuestra en su dirección una tendencia por el exceso narrativo y por el subrayado de su habilidad como artesano que hace que uno le acabe prestando más atención al montaje y a los movimientos de cámara que a la historia que pretende contar. Parece darse a entender que el espectador tiene la obligación de asumir el terror como un género que vive de lo multimedia en el más literal de los sentidos -lo que se ve y lo que se oye- y corre el riesgo de que la historia se convierta en excusa para provocar sentimientos o, si se quiere simplificar al máximo, manipular al espectador. Como cuando uno comparaba los usos y costumbres de Los otros con los de la mítica Suspense, de Jack Clayton, protagonizada por la recientemente fallecida Deborah Kerr, así le ocurre a El internado, sólo que su referencia estilística resulta ser el propio Amenábar y no sólo con Los otros sino, en ciertos aspectos, incluso con lo peor de Mar adentro.


Por otro lado, Bayona parece vivir un complejo de alumno aventajado y se pasa la película haciéndole guiños a su mentor, Guillermo del Toro, casi como preguntándole "¿te gusta cómo lo hago?". No sólo el argumento tiene un exagerado parecido con El espinazo del diablo -en la de Del Toro un chavalín que llegaba a un orfanato al acabar la Guerra Civil entablaba contacto con antiguos moradores mientras que, en este caso, es el hijo de una antigua residente que pretende reformarlo el que empieza a conocer "amigos imaginarios"- sino que la película está llena de 'gags' dedicados al "gordo" mexicano y superpuestos como retales, que llegan a lo ridículo en un momento de gratuito -y excesivamente oportuno- 'gore'. Si uno no supiese de dónde viene la película, podría pensar que es una historia que el propio Del Toro hubiera rodado para salir de un apuro. En este batiburrillo de "artes" cinematográficas que, por desgracia, es lo mejor de la película, llega incluso a permitirse el lujo de plagiar/homenajear Poltergeist con la innecesaria presencia de Geraldine Chaplin o de montar un final-compendio a base de 'flashbacks' como si de M. Night Shyamalan se tratara. Todo por si acaso el espectador es demasiado imbécil para que su vello se ponga de punta por sus propios medios. Eso sí, para los tensos que crean que tanta referencia pueda estropear el final de la película aclaro: no, por suerte ninguno de los protagonistas está muerto sin saberlo.


Dejando a un lado todo este tinglado que resume a la perfección esta reseña de FilmAffinity y el lamentable epílogo que prosigue al final 'real', lo dicho, técnicamente es más que notable aún con algún subrayado innecesario de la banda sonora, tiene su buena ración de miedo y suspense y el reparto está todo lo correcto que se le puede pedir. Caso aparte es Belén Rueda que no deja de dar la impresión de que, haga lo que haga -incluso en su vida real- resulta tan natural como Letizia Ortiz leyendo un discurso institucional. Se podría decir de una manera poética que sigue conservando la credibilidad de la teleserie española, es decir, escasa. Pero más allá de filias y fobias personales es cierto que es un ejercicio interesante de poner al terror español en el 'mainstream' (err, espera, ¿eso no lo hacía ya Balagueró?) y que, a lo mejor, siguiendo la teoría de cadena de favores que ha pactado con Del Toro, esta pieza de "Bricomanía" cinematográfica acabe resultando en 3 ó 4 temporadas en el descubrimiento de un director español que haga una película realmente libre de ataduras, a la que no se pueda ridiculizar citando sus referentes y que cree un estilo personal como locos orientales del tipo de Miike o Park Chan-wook han demostrado que es posible. Es lo que tiene soñar, que es gratis.

domingo, 7 de octubre de 2007

En cartelera: Eastern promises



Después de dar tanto la murga con Cronenberg, por fin fui a ver Eastern promises y tengo que decir que me gustó bastante pero con muchas objeciones.


Es difícil hablar de la película porque, como es habitual en el cine de Cronenberg, la relación causa-efecto es permanente en su narrativa. Ni lo posterior se entiende sin lo anterior, ni lo anterior sin lo posterior. Con lo cual volvemos a que el canadiense es carne de retrospectiva y para hablar de su trabajos es casi mejor hacerlo 'a posteriori' con el conocimiento del interlocutor en plan "¡Qué grande es el Cine!" e, incluso, con un análisis comparado con el resto de su filmografía. Pero, al igual que en su anterior Una historia de violencia y en casi todas sus películas, la premisa de partida es bien sencilla. Una enfermera (Naomi Watts) atiende a una adolescente embarazada que muere durante el parto, quedándose al cuidado de la niña recién nacida y de un diario escrito en ruso que intenta que le sea traducido para encontrar a la posible familia del bebé. Siendo de origen ruso, además de a su familia, enseguida recurre a un miembro destacable de la comunidad (Armin Mueller-Stahl), dueño de un restaurante cuya tarjeta encuentra en el diario, para que le ayude con la traducción, chocando en el camino con los responsables de manejar sus no tan limpios asuntos, su hijo (Vincent Cassel) y su “chófer” (Viggo Mortensen).


La historia es un nuevo análisis de esa geografía del ser humano que compendia su obra. Al igual que en sus anteriores trabajos, Una historia de violencia y Spider, el entorno físico de los personajes aparece retratado al detalle en un Londres sórdido de callejones y alcantarillas, pero lo que realmente le interesa a Cronenberg es utilizar ese paisaje como reflejo de la turbidez moral y de los submundos que coexisten tanto en una gran ciudad como en una misma persona. La sociedad, que parece jerarquizada en un mundo de "buenos" y "malos", de personas "normales" como dice el personaje de Mortensen y de "los otros", en el fondo es una ficción como quedará bien de manifiesto en el final de la película. Lo curioso es que, más allá de eso y dentro de todo el esteticismo del mundo Cronenberg, la película es un cuento clásico al estilo de Dickens en el que sus personajes, como si del Génesis se tratara, intentan separar la luz de la sombra -ya cada uno decidirá de qué lado se queda, si es que puede elegir- y cumplir con la justicia poética merecida. En ese sentido, el guión está lleno de quiebros y sorpresas que no conviene desvelar para no acabar con el factor sorpresa.


Los personajes, por tanto, se convierten en pieza clave para sustentar la narración en la medida en que, en una metáfora muy Cronenberg, la película está dentro de ellos. Un director bastante acostumbrado a repartos de perfiles comunes pero de composición muy dispar, parece haber encontrado su musa en Viggo Mortensen y es, de hecho, de lo mejor de la película. Lejos queda aquel Aragorn de El Señor de los Anillos al que le van eclipsando estos personajes ambiguos, de oscuro pasado y sombría conciencia, aquel Tom Stall de Una historia de violencia huyendo de una realidad que le persigue y este Nikolai asumiendo el papel de peón en un intrincado juego de jerarquías y fidelidades que se irá descubriendo cada vez más complejo de lo que parecía. Y si el personaje de Mortensen está aparentemente abajo, el de Mueller-Stahl está arriba. Semyon es el taimado patriarca que hace que todo gire a su voluntad y que hará cualquier cosa por lograrlo. De esos personajes que al actor alemán le van como un guante, con ese aspecto de anciano agradable, pero con unos ojos verdes tan acogedores como un glaciar. Si el demonio tuviera rostro no sería muy diferente. Y siguiendo la mitología miltoniana no hace falta decir quién es el ángel de la película, una más rubia que nunca Naomi Watts. Aunque el de Mortensen acabará siendo indudablemente el personaje protagónico, es el de la británica, menos aspirante a portadas y titulares de lo habitual, el que conduce el hilo argumental con sus pesquisas y su afán por encontrarle un hogar a la pequeña. Cabría destacar en un curioso guiño de la película la presencia de Jerzy Skolimowski, vieja gloria del cine polaco y compañero de quinta de Polanski, en realidad mucho más alabado en su momento que el director de La semilla del diablo, del que se llega a decir en la película "es de la vieja escuela". Pequeño homenaje a un director y guionista que también gustaba de analizar las tripas del ser humano.


Detrás de las cámaras, Cronenberg vuelve a demostrar su habilidad para manejar las historias como si de barro se tratara, hacer que tomen forma de tal manera que parezcan rodadas en orden cronológico y llegar a obtener un producto que sea tan suyo y, a la vez, tan diferente de otros trabajos -a destacar la apertura de la película y la enorme secuencia de los baños turcos-. Una nominación a mejor director en los Oscars sería mucho aspirar, sobre todo teniendo en cuenta que ya se quedó fuera con Una historia de violencia -todo hay que decirlo, aquel año no fue este-, pero no es descartable a día de hoy. Tampoco se queda atrás el espectacular trabajo de fotografía de su habitual Peter Suschitzky, que se diera a conocer con el Rocky Horror Picture Show y que crea una estética siniestra muy de Edward Hopper como hiciera Conrad L. Hall en aquella gran Road to Perdition. También cabe destacar el trabajo de Howard Shore con la banda sonora -otro marcado por el éxito de El Señor de los Anillos-, que evoluciona con la película y define el tono de inquietud y amenaza omnipresente en la pantalla.


Sin embargo, Eastern promises tiene dos problemas muy graves que, en numerosas ocasiones están a punto de hundir toda la película como ente cinematográfico. El primero es la insufrible voz 'en off' de la madre fallecida del bebé, 'MacGuffin' del relato, que desde el momento de su muerte debería haberse convertido en un personaje elíptico y no en uno con más líneas de diálogo-monólogo que algunos de los protagonistas “físicos”. Es muy difícil apreciar una buena historia cuando la mitad de los interludios están protagonizados por una voz llorosa de muy prefabricado acento ruso -desconozco la entonación de la comunidad rusa londinense pero, desde luego, los diálogos suenan a cartón en la versión original- y cuyo argumento cae en las obviedades maniqueas que también lastraban aquella Dirty pretty things de Stephen Frears de cuyo guión también era responsable Steven Knight. El otro es el personaje homoerótico de Vincent Cassel, al que le es imposible dejar de ser monocromático en un mundo lleno de tonos de gris. Está claro que el personaje de Mortensen necesita un contrapunto, un personaje amoral que rehúya la lucha y sólo sobreviva por estar en el escalafón social correcto, pero es tan terriblemente plano y Cassel tan obvio demostrándolo que sólo se salva porque en casi la totalidad de las escenas aparecen juntos.


No sé si será que, entre unas cosas y otras, el referente de la genial Una historia de violencia sigue demasiado cercano o porque realmente estos fallos tan impropios de Cronenberg me han pesado demasiado, pero la película me ha convencido bastante menos de lo que debería. Pese a todo, el sobresaliente trabajo de la mayor parte de los implicados convierte lo que sería un destrozo grave de una buena historia en una película más que notable que, seguro, acabará convertida en un referente cinematográfico de este año.

jueves, 20 de septiembre de 2007

En cartelera: Death proof



Hoy ya sí cayó Death proof y puedo afirmar que no recuerdo habérmelo pasado tan bien en el cine nunca salvo, tal vez, con American beauty o con la propia Kill Bill: Vol. 1.


Yo que en su momento critiqué el trailer que se presentó aquí en España por inconexo con la película, ahora entiendo perfectamente el tema. La historia tiene una narrativa tan a lo Tarantino que uno no sabe si contarlo todo, no contar nada o inventarse lo que le salga y que resulte tan absurdo como el trailer. Lo peor es que, sea como sea, sería quedarse corto. Para empezar hay que decir que Tarantino, siendo un director supuestamente devoto de las machadas y los tíos chungos, ha rodado la reivindicación más jodidamente feminista que ha dado el cine reciente y no esa versión rosa del machismo de siempre que es y será Sexo en Nueva York -al parecer Tarantino salía por Austin rodeado de mujeres en el mismo rollo que las protas de la primera parte de la película-.


La peli es básicamente una reunión de tías duras y buenorras -desde el punto de vista más femenino posible de la palabra- que reparten estopa en el sentido metafórico y en el real y que hablan con toda la frescura y la naturalidad del mundo de lo que se les ocurre que, a diferencia de en Pulp fiction no son los milagros y las hamburguesas, sino su propia feminidad, sus relaciones con los hombres y, sí, coches. Además, lo hacen a un ritmo infinitamente más endiablado y con una soltura que realmente da la impresión que uno fuera también de farra con ellas sacando los pies por la ventanilla del coche. En ese sentido, una vuelta de tuerca con respecto a Pulp fiction, que es su principal referente a ese nivel, es que la sensación de inanidad y de que no pasa nada salvo en los momentos Stuntman Mike está mucho más presente. Las chicas hablan, se ríen, bromean, se pican, comparten sus cosas y tú te lo pasas teta viéndolo, valga la referencia.


Argumentalmente no se puede contar nada sin destripar la peli. Hay dos grupos de chicas que hacen cosas de chicas o, mejor dicho, hacen cosas como una mujer en toda regla las haría, Stuntman Mike aparece con su coche 'death proof', pasan cosas, y la peli se acaba. Punto. Uno ha visto tantas veces Pulp fiction que no se plantea cómo la reseñaría, pero son películas tan dinámicas y tan llenas de anécdotas dentro de ese no pasar nada que es imposible tratar de hacer un resumen mínimamente aproximado de lo que pasa sin recurrir a decir "es que esta escena es genial" o "ese diálogo es el más descacharrante". Por otro lado, hay tantísimas referencias y guiños a toda su filmografía propia y a mucha ajena que ya no me daba tiempo ni de apuntarlas todas, desde las más sutiles de Pulp fiction (esa hamburguesa Big Kahuna entre otras) y Reservoir dogs, hasta los muy apoteósicos de Kill Bill como ese fogonazo de amarillo que se aprovecha de los trucos técnicos de la peli o incluso un pequeño homenaje a Kitano sin contar, obviamente, las pelis de 'serie B' de los 70. Aunque es divertidísima igualmente, es una película evidentemente dirigida a fans irredentos -algo así como los programas de los partidos políticos-. Y ya que mencionamos el tema técnico. Aunque no llega al culmen del volumen I de Kill Bill, Death proof es técnicamente intachable sobre todo por el uso premeditado del aspecto visual como parte de la narración e, incluso, como parte de la propia experiencia cinematográfica llenando la cinta de pelos, cortes, granos, saltos y hasta de un supuesto fallo del color que acaba dando paso a una explosión 'technicolor' en rojo y amarillo. Y a estas alturas no vamos a hablar de la parte musical. No sólo resucita versiones increíbles, los habituales temas de Morricone o las sintonías setenteras de las persecuciones, sino que hace una demostración de fuerza impresionante de cultura musical en el personaje de la DJ Jungle Julia y directamente, en un homenaje al mundo femenino, cierra los créditos con el Chick habit de Serge Gainsbourg en versión de April March.


Y si hablamos de mujeres qué decir de todo el ejército de 'kittens' que aparece en la película. Sí, sale Kurt Russell con el que puede ser uno de sus personajes más memorables, ese misógino despreciable casi imagen especular del Marv de Mickey Rourke en Sin City. Sí, también sale Michael Parks con su sempiterno y omnisciente Ranger McGraw y hasta el propio Tarantino se reserva un caramelo de personaje. Pero las protagonistas incuestionables son las mujeres que vienen en grupos de 4, las plazas de los 'muscle cars' que manejan. Del primer pack sobresale sobre todas la lenguaraz Sydney Tamiia Poitier (que en un homenaje a su padre consta acreditada sólo como Sydney Poitier) que cuenta con el personaje más jugoso aunque no se le quede atrás su compañera Vanessa Ferlito, alias 'Butterfly'. El segundo pack es menos complejo y más clásicamente de 'colegas', pero cuenta con algunos de los diálogos y las escenas más divertidas, además, no serían nada sin sus predecesoras. Y hasta ahí puedo leer :-P . Y otro 'gag' entrañable es que el 4º miembro de cada pack sean dos de las habituales 'stunts' de Tarantino, Monica Staggs y Zoe Bell que doblaran en las escenas de riesgo a Daryl Hannah y Uma Thurman respectivamente. Aunque el fetiche para la posteridad será Mary Elizabeth Winstead, con su vestido de animadora amarillo -claro, de las Vipers- que es el resumen perfecto de la película como el proyecto no sé si mejor pero, sin duda, más personal de Tarantino. Qué extrañas pero qué divertidas son las perversiones.


En definitiva, una película para ver en manadas (las femeninas seguro que se lo pasan aún mejor), reírse, gritar, patalear y silbar si hace falta. Hasta aceptaría las palomitas y todo.